Sonría. Ánimo

“Alegraos siempre en el Señor. Insisto: “alegraos”

Las páginas del Nuevo Testamento están llenas de frases que invitan a estar alegres; casi consideran una abominación inexplicable el faltar a ese estado “natural”, más allá de las circunstancias que nos haya tocado acarrear.

Teresa de Jesús afirmaba que “un cristiano triste es un triste cristiano”. También solía emplear la metáfora de que “la vida es una mala noche en una mala posada”. Si estudian ambas máximas, puede que perciban una aparente contradicción. Digo aparente porque, creo, son fácilmente reconciliables: la primera, me parece, pone el foco en el mundo interior de la persona, a pesar de lo que pueda reflejar la segunda, esto es, de las posibles circunstancias adversas que todos, antes o después, en mayor o menor grado, pasamos en esta trayectoria vital.

¿Por qué nos sentimos, muchas veces, atrapados, anclados, arrastrados a un fango de, si no tristeza, falta de aire con el que poder ensanchar los pulmones? Puede que se deba a algo sencillo y, también, complejo. Sencillo porque, me parece que, enmarañados en la doctrina y la moral de las diferentes religiones cristianas, olvidamos los tres pilares fundamentales, los únicos necesarios: saber (y vivir) que Dios es Amor-Padre-Entrañable y, como tal, nos lleva de la mano, protegidos, lo que nos lleva a confiar en él, como el niño recién nacido en brazos de su madre. ¿El tercero?: la resurrección de Jesús de Nazaret. Saber, entonces, que hay una vida después de la vida; o, dicho de otro modo, que no desaparecemos y que, a tenor de lo antes expuesto, nos espera algo bueno, muy bueno.

¿Por qué complejo? Estamos los cristianos en tiempo pascual, esto es, tiempo en el que, se supone, celebramos esa resurrección de Jesús. Sin embargo, continúo viendo las mismas caras alargadas en el metro todos los días, sea hora temprana o tardía, día festivo o laborable. Que la mayoría de la población occidental se considera cristiana es un hecho innegable. Entonces, ¿por qué este adormecimiento de los sentidos, más allá de algunas situaciones duras?; ¿por qué, incluso, ese miedo que nos atenaza y paraliza?

Creo que, en parte, el problema estriba en poner el acento en el mensajero, no en el mensaje; en Jesús, en lugar de en la bondad de Dios-Padre-Amor-Entrañable, que siempre está con nosotros, en nuestro interior, y que, con su perspectiva sabia, nos lleva de la mano por donde más nos conviene, aunque nosotros seamos torpes en comprender. También, se me ocurre, el mal reside en dejarnos arrastrar por la celeridad y el ruido que nos circunda casi siempre, tan nefastos para nuestro bienestar, según las diferentes ciencias se empeñan en demostrar repetidamente.

Que Jesús era un hombre alegre parece apuntarlo el hecho de que sus seguidores, en el Nuevo Testamento, una vez resucitado el Maestro, redunden tanto en esta idea, además de proclamar, una y otra vez, que dejemos de temer.

Discúlpenme, pero voy a atreverme a, como diría la santa de Ávila, plasmar unas coplillas que, hace tiempo, osé componer. Me las digo a mí mismo cuando el mundo parece querer vencerme. Consiguen devolverme a mi centro. Además de con otras maneras más, llamémoslas, profanas, me alegro yo así “en el Señor”. Sírvanse como gusten:

Gracias, Amor-Padre,

mi Dios entrañable,

esencia de Bondad.

Bendito
seas por siempre.

Pues sé
que habitas en mí mismo,

con serena luz

y amor ardiente;


que me has hecho inmortal

y que es la felicidad

mi irremediable destino.

 

Gracias, Abbá-Padre,

mi Dios entrañable,

Amor infinito.

 

Pues sé

que susurras tu canción

para arrullarme con cariño;

y que la adversidad

no es más

que una ocasión

para aprender

en mii ascendente camino.

 

Gracias, Amor-Padre,

mi Dios entrañable,

manantial; y abrigo.

Hágase en mí

tu amorosa voluntad.

Gracias, Amor-Padre,

papaíto entrañable;

en ti confío.

 

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José Ramón Abad
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