¿Por qué me pegas? Perdón III

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

Escribo estas líneas un viernes santo. Recuerdo de uno de los acontecimientos más dolorosos en la vida de Jesús de Nazaret: su muerte. Como dicen los evangelios: “y muerte de cruz”. Es decir, como un esclavo, como un peligro público número uno o como un malhechor reincidente.

Lo hacen, según la Biblia, después de un juicio ilegal, según las costumbres judías del momento; después de estar más de veinticuatro horas sin dormir; después de haber permanecido de pie durante buena parte de la noche, como correspondía a los castigos de los presos que esperaban juicio; después de haber caminado un buen trecho de ida y otro de vuelta, atado a los centuriones, para ir a casa de los jueces a los que intentaban pasar la patata caliente; después de que le pegaran en el juicio eclesiástico; después de que le flagelaran, llegando al sangrado brutal de la época; después de la mofa de los centuriones, militares groseros y adiestrados para el odio y el escarnio en su mayoría, incluyendo el casco doloroso de espinas que atravesaba cuero cabelludo y sienes; después de transportar el leño superior de la cruz, nada ligero, con sus tres caídas y levantadas.

Después de todas esas circunstancias, Jesús de Nazaret tiene la sangre fría, el buen sentido, el gran corazón, la inmensa sabiduría o llámelo usted como quiera, de decir: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

Hay varios capítulos en la vida de este hombre en los que, realmente, podemos acercarnos tan solo de puntillas, con admiración, incluso con anonadamiento. Muchos de ellos relacionados con el perdón.

Con la mujer adúltera, rompe con la ley sagrada de Moisés, inviolable para un judío, y le perdona la vida.

Con la parábola mal llamada del hijo pródigo, el padre no le pregunta siquiera a su pérfido hijo en qué ha malgastado el dinero; casi ni le permite hablar. Le acoge, le arropa, celebra una gran fiesta porque ha vuelto. Rompe de nuevo con la ley. Y digo parábola mal llamada del hijo pródigo porque, creo, la intención de Jesús estaba muy lejos de poner el acento en el hijo que se equivocaba. Me parece que deseaba enfatizar al Padre lleno de bondad, al que poco le importan balances, a quien mucho le importan corazones. Y donde se resalta, estimo, algo que nunca he escuchado o leído al respecto de esta parábola: la vuelta al hogar. Al hogar cálido. A los brazos tiernos de una familia con mayúsculas.

Cuando Pedro le pregunta: “¿Hemos de perdonar siete veces?”, esto es, “¿siempre?“, Jesús le responde: “No digo siete, sino hasta setenta veces siete”, es decir, “con toda la honestidad y el calor del fondo de tu alma”. Son meras conclusiones de la tradición judía que la kabbalah transmite.

Pero hay un momento de su vida que me parece trágico y hermoso a la vez; los dos adjetivos en grado sumo. El Sumo Sacerdote (lo que sería el “Papa judío” del momento) estaba interrogando a Jesús, la noche de autos, sobre su doctrina. Jesús replica: “He hablado abiertamente a todo el mundo. Pregunta a los que me han oído”. Por esta respuesta, Jesús recibe un bofetón de uno de los guardias del Templo y, luego, éste le dice: “¿Así respondes al Sumo Sacerdote?”

¿Qué habrían hecho ustedes? ¿Abalanzarse sobre el escolta?, ¿llamarle alguna lindeza?, ¿mirarle, al menos, mal, muy mal? La serenidad, cuanto menos, me sobrecoge. Tras ese ataque físico inesperado, dentro del ámbito sagrado del Templo, Jesús responde con un silogismo bárbaro que denota, de manera correlativa, casi instantánea, y tal vez por este orden: conexión consigo mismo, dolor humano, honestidad (consigo mismo y con los demás), serenidad, e, incluso, deseo de enseñar. Su respuesta fue: “Si he dicho mal, dime en qué; si no, por qué me pegas?”

La Psicología moderna enseña que el mayor y mejor medicamento paliativo, si no curativo, es el amor. De alguna manera, Jesús sabía esto. Intentó enseñarlo; vivirlo. Parece que hasta quiso intentar aprovechar su situación más adversa no sólo para no atacar, sino para mostrar un camino. Siempre mostrando, nunca imponiendo.

Me dirán algunos de ustedes que este hombre era iluso, tonto, necio. Lo que está claro es que indicaba un camino. Elijan ustedes: “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen” o “Preparaos todos, porque viene la ira de mi Padre y no va a quedar piedra sobre piedra”.

A mí me gustaría aprender a decir con iguales sentimientos: “Si he hecho mal, dime en qué; si no, ¿por qué me gritas, me pegas o me maltratas de cualquier otra manera?”

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José Ramón Abad
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