El perdón

Amarás al prójimo como a ti mismo”. Procuraré mostrar las profundas raíces emocionales, psicológicas y espirituales, a la luz del conocimiento actual, que conlleva este aparente mandato. Yo lo denominaría sabio consejo; tal vez, el único permisible.

El perdón es un tema espinoso. No tanto por sí mismo como por habernos tocado de alguna u otra manera a todos; y a algunos con gran impacto.

Además, puede abordarse desde varios aspectos. Por reseñar algunos: cómo lo ve Jesús de Nazaret, según la Biblia; cómo lo explican las Iglesias cristianas, sobre todo la católica, que es la predominante en nuestra cultura; cómo lo describen aquellas personas que trabajan directamente con el mundo de los espíritus, en las que también podemos ubicar a algunos exorcistas; cómo lo analiza el mundo de la Psicología. En absoluto se trata de un tema menor, debido a las implicaciones trascendentales que conlleva.

El perdón libera a la persona que decide perdonar, mucho más allá de que el ser perdonado se lo merezca o no. Este último comentario, merecerlo o no, nos llevaría a otro debate, enorme. Sea como fuere, me parece que el rencor envenena lenta y silenciosamente el alma de quien lo alimenta, llegando después a empañar, cuando no minar, la salud, por un lado, y por otro, las relaciones familiares y sociales, en mayor o menor medida, pero real y efectiva. Lo dicen todos los estudios al respecto. Desde este punto de vista, el perdonar es una elección inteligente.

Véase que digo inteligente, no fácil. Es obvio que el perdón suele ser un proceso más o menos lento, largo y costoso, en función de la honestidad del que elige perdonar, de su grado de generosidad, para consigo mismo -primero y fundamentalmente- y para los demás. También, creo, de la importancia de la agresión recibida o que se crea que se ha recibido.

Menciono la “honestidad” en primer término porque, en ocasiones, sublimamos o racionalizamos los sentimientos, engañándonos a nosotros mismos. En no pocos casos, nos puede parecer “abominable el odiar”, debido a la educación que, en nuestra mayor parte, hemos recibido. “Una buena persona no odia”, nos decimos; ergo, no nos permitimos aceptar que sí lo hacemos, aunque las aguas podridas discurran por el subsuelo de nuestra mente y de nuestro espíritu, carcomiéndolos lenta y eficazmente.

No. El primer paso siempre para la sanación (física, mental o espiritual) es mirarnos al espejo y decirnos, en caso de que ocurra: “Sí, reconozco que me pasa esto”. Después, resulta necesario soltar la ira que ese odio nos ha producido; maneras constructivas para ello hay muchas, aunque ahora prefiero no desviarme con ellas. Después de soltar esa ira, habitualmente se producen dos procesos paralelos: el primero, reconocer que, en el fondo de todo, lo que tenemos es miedo. Miedo. Este miedo puede ser debido a las cosas más dispares y, no por ello, poco importantes para nosotros. Suele venir bien aceptarlo, abrazarlo y, si se puede, racionalizarlo para que atenúe sus efectos.

El segundo proceso, sorprendente e inesperado siempre, es llegar a entender, sin pretenderlo, a quien nos ha dañado. Digo entenderle, no justificarle. Darnos cuenta, simplemente, de que, ay, esa persona es presa de sus propios miedos, inculcados en su cabecita, habitualmente en una edad muy temprana, y que no ha querido, no ha sabido o no ha podido desprenderse de ellos. Persona esclavizada, por tanto. En este punto, el perdón hacia ella nace prácticamente solo, aunque de cuando en vez regresen cierta ira y tristeza a nuestra alma.

Y es que el perdón es un ejercicio largo y reiterativo, si deseamos que sea sincero y sanador.

Un apunte. Perdonar se aleja mucho del verbo olvidar, al igual que, como ya intenté explicar, se aleja diametralmente del autoengaño. Si se olvida, no hace falta perdonar. Por otra parte, olvidar voluntariamente es siempre obra de necios, pues borraría un aprendizaje; este aprendizaje es siempre un tesoro necesario, inestimable, para crecer como personas y construirnos una felicidad que merecemos. Olvidar se corresponde más, pues, con el masoquismo, con tirar piedras contra nuestro propio tejado. Perdonar jamás se puede presentar como sinónimo de continuar con la persona que nos hace daño. “Yo te perdono. Me libero. Porque me libero, no deseo ningún mal; ni a ti ni a mí. No me deseo ningún mal; por tanto, cada uno por su lado”.

¿Cómo lo describen aquellas personas que trabajan con el mundo de los espíritus? Esta es una realidad en su mayor parte desconocida, pero no por ello banal. Muy al contrario, resulta fundamental para todos, pues nuestro estado natural es el espíritu.

Muchos suelen pensar, mediatizados por las religiones sobre todo, que, al morir, de repente, vemos todo claro, que sufrimos una transformación inmediata en virtud de vaya usted a saber qué extraño milagro. Parece ser que dista mucho de ser así. Según las personas experimentadas, sensibles a este hecho, al morir seguimos siendo lo que fuimos. ¿Podemos transformarnos?; sí, pero lentamente, según nuestra voluntad propia, que hemos ejercitado durante este tiempo en la Tierra, y la ayuda de los que en ella continuamos y de otros seres que se encuentran en estado espiritual.

Por ello, es fundamental el trabajo de sanación mental y espiritual que intentemos hacer en nuestra fase encarnada. Por ello, también, a los espíritus les resulta necesario recibir el perdón por nuestra parte. En cierta medida, somos responsables de que puedan evolucionar, crecer, desarrollarse en el llamado “más allá”. Como nuestros congéneres van a serlo de nosotros mismos cuando nosotros desencarnemos. Y, créanme, el universo lo devuelve todo; es una ley inmutable e inexorable. Dios no castiga, son nuestras propias acciones las que nos revelan y, dado el caso, se nos rebelan. Creer que podemos ofender a Dios, a mi entender, es darnos excesiva importancia a nosotros mismos (¡oh, ombligos del mundo!); sería como considerar que una hormiga quisiera o pudiera ofender al sol.

Infierno, tal y como nos lo han pintado, parece que no hay. Sin embargo, según estos sensitivos, pueden verse almas con capas y capas de pavesas negras y hollín. Sin exageraciones. Capas que impiden ver la luz y disfrutar de la armonía, de la bondad y de la belleza que se respiran allí. Almas que no se soportan a sí mismas y que lo único que desean es que las dejen en paz, no tolerando ni siquiera que se les pregunte si necesitan algún tipo de ayuda.

Parce ser también que, en el mundo espiritual, hay seres que se alimentan de nuestro dolor, de nuestra tristeza, de nuestra negatividad. Ellos propiciarían, en cierta medida, nuestras divisiones y reyertas. Así pues, serían los primeros interesados en que rumiáramos nuestros rencores. Mal para nosotros, bien para ellos. Lo único que podría frenarlos, salvándonos así por tanto, es la alta vibración de la energía, esto es, el amor.

Como ven, el tema es amplio y complejo. He intentado resumir brevemente lo que la psicología y lo que los sensitivos e investigadores pueden contarnos al respecto. Quedan otros aspectos dentro de estas ramas, pero ya sería, estimo, demasiado largo. Por otra parte, todo este mundo de emociones tiene su vertiente demostrativa en la física cuántica, de la cual he hablado en alguna otra ocasión.

¿La Iglesia católica? ¿Jesús de Nazaret, según la Biblia? ¿Qué dice la una y qué enseña la otra al respecto? Intentaré sintetizarlo la próxima semana. En tanto, por favor, procuren amarse a sí mismos. Además, así, de manera natural, sin pretenderlo, amarán a los demás, con lo cual volverán a amarse a sí mismos de manera indirecta.

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José Ramón Abad
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