Corazón abatido o ¿qué es creer?

Numerosas son las citas que en la Biblia hay sobre la actitud de Jesús ante una persona triste. Elijo la siguiente: “Viendo las multitudes, tuvo compasión de ellos, porque estaban angustiados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”. Abatimiento y compasión van ligados, casi siempre, por no decir siempre, en él.

Cuando procuro plasmar en estas líneas lo que creo que son los dos pilares del cristianismo (el amor entrañabilísimo e incondicional de Dios, por tanto confianza tierna en él, y la hermandad de todos), a veces me echo a temblar. Por la sencilla razón de que el lenguaje no tiene el mismo significado para usted que para mí. Intento explicarme. Si yo le pidiera que cerrara los ojos e imaginara una silla, usted, tal vez, visualizaría una de estilo Luis XVI: de madera, ligera, proporcionada, armónica dentro de las características
geométricas griegas, con un sencillo óvalo acolchado como respaldo, de sobria tapicería, habitualmente de tonos claros, tirando a pastel; es decir, sencilla y clara, a la par que elegante y majestuosa, confortablemente acogedora.

Sin embargo, yo podría muy bien imaginarme una silla de un estilo muy diferente, mucho más moderna: de plástico, falsamente segura, con un respaldo que cubra tan solo la mitad de la espalda, duro y poco flexible, de tonos chirriantes y geometrías extrañas, además de contar con patas de formas sinuosas y poco estables.

Como usted habrá podido comprender, su silla y la mía nada tienen que ver entre sí. Con ello, el concepto que usted tiene de la palabra silla también es muy diferente del mío. Los dos vamos a entender dos cosas completamente diferentes cuando escuchemos ese término, ya sea en el ámbito familiar, científico, espiritual, religioso o social. Puede que usted entienda acogida, comodidad, bienestar, elegancia; por mi parte, yo entenderé que es más importante la forma que el fondo, la apariencia que la función, la incomodidad
que el servicio real que me presta ese mueble.

Del mismo modo, el estado general en mí, cuando yo emito la palabra dios, puede que nada o poco tenga que ver con el de usted tras escucharlo, con lo que usted percibe en su cerebro, en su mente, en su espíritu. Todo
irá en función de las vivencias que usted y yo
hayamos tenido en la vida. Un ejemplo de ello me lo dio un sacerdote misionero en una aldehuela perdida de un continente lejano. Él, afirmaba, no podía decir que Dios era padre, puesto que, allí, los padres solían causar pavor: propinaban palizas sonoras a esposas y a hijos al albur inmisericorde de su comodidad y sus caprichos.

Por eso tiemblo, porque hablamos el mismo idioma, pero no utilizamos el mismo lenguaje; y, sobre todo en las cosas del espíritu, aunque no sólo, o procuramos afinar o nos perdemos en las palabras.

Esta es la razón por la que he comenzado hablando de la angustia de las gentes; creo que es en los momentos de aflicción personal cuando más podemos conocer a alguien.

Hechos, no palabras. “Por sus frutos los conoceréis”. Me parece que los hechos hablan de, permítanme que insista, los dos pilares fundamentales de Jesús, del cristianismo: que dios es Dios-Padre-Amor-Entrañable y, además, que lo es de cada uno. Por tanto, confianza, como la de un niño pequeño en los brazos tiernos de su madre, y hermandad. Creer, ya se ha dicho, no es saber que Dios existe, sino que Dios me ama.

Entresaco algunos hechos de los evangelios, los libros que narran la vida de Jesús de Nazaret:

Viendo las multitudes, tuvo compasión de ellos, porque estaban angustiados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”;
“Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió
compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó”;
“Y
tomándolos en sus brazos, los bendecía, poniendo las manos sobre ellos”;
“Y al desembarcar, vio una gran multitud, y tuvo
compasión de ellos y sanó a sus enfermos”;
¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!”;
“Movido a
compasión, extendiendo Jesús la mano, lo tocó, y le dijo: Quiero. limpio.”;
“Y cuando Jesús la vio llorando, y a los judíos que vinieron con ella llorando también,
se conmovió profundamente en el espíritu, y se entristeció, y dijo: ¿Dónde lo pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró”.


Cito únicamente esas siete. “Aunque en mí no creáis, creed en las obras”, dijo él también. Sus obras se empeñan en manifestar, repetidamente, no que Dios exista, sino que Dios nos ama. Solo desde esa perspectiva
machacona puede entenderse su vida.

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José Ramón Abad
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